18 de enero de 2012

El escupidor

Rodea el camión el Monumento a la Patria y prosigue su ruta rumbo a Itzimná. Suena la radio con música bailable, algunas pasajeros cuchichean, los más viajan en silencio zarandeados por el vehículo desconsiderado.
En los asientos que descansan sobre el sitio irregular que da sobre las llantas traseras, dos adolescentes hacen de las suyas. Traen uniforme de escuela privada cara. Se jalonean, se insultan, ríen. Viven.
De pronto miran por la ventana y ven a un jovencito similar a ellos que pedalea con energía su bicicleta de media altura, emparejándose con el autobús. En cierto momento, ciclista y camión corren juntos, el joven ciclista esforzándose.
Sorpresivamente uno de los chicos del camión, el que está junto a la ventanilla, se alza y escupe al ciclista atinándole en la cabeza. Se miran estupefactos los pequeños pillos y rompen a carcajadas celebrando la puntería del escupidor. Se codean, exclaman ¡yes! y ven a su pequeña víctima que ha quedado atrás.
Sin dejar de pedalear, el ciclista los identifica y a sus pies puestos en los pedales le salen fuego, persiguiendo al camión. Se rezaga, se empareja, se empareja y se rezaga hasta que un alto le hace justicia: arroja a un lado su bici, pide permiso al chofer y sube al camión con paso resuelto, avanzando hacia sus agresores.
No dice palabra. Con la mirada identifica al culpable que se delata a sí mismo y sin hablar le devuelve el escupitajo en la cabeza del chico rubio que seguía alelado sin creer lo que sucedía.
Luego el pequeño vengador pidió parada y bajó, volviendo atrás por su bicicleta.
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Algunas personas cometen atropellos aprovechando su situación ventajosa, olvidándose que en cualquier momento la justicia podría cobrarles sus iniquidades.

22 de diciembre de 2011

Rezando en Burger King

La catequista se ha ido por breve tiempo y los adolescentes rompen el aburrimiento.
-La botella, la botella -propuso uno.
-La pregunta será ¿cuál ha sido el momento más vergonzoso de mi vida? --propone otro.
Celeridad. Decisión. Las neuronas juveniles estaban en su apogeo aquel sábado en la mañana, en la Capilla del Espíritu Santo, que pertenece a la parroquia Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote, que atienden los Misioneros del Espíritu Santo.
Pero el entorno no jugaba con ellos y no hubo botella.
-Usemos la Biblia -dijo uno, dispuesto a no dejarse vencer por la falta de un envase. En seguida colocó su libro sagrado en el centro del grupo. Haría de flecha la cinta roja que separa las páginas.
Y giraron la botella-Biblia.
-¡Pedro! -gritaron al unísono. Hubo unos titubeos.
-Bueno. Creo que el momento más vergonzosa de mi vida fue cuando la maestra nos hizo rezar tomados de la mano en Burger King -dijo de una sola vez Pedro.
Risas. Exclamaciones. Asentimientos.
-Es verdad. También yo -dijeron varios. Y rememoraron la experiencia. Una ida a desayunar en hora de catecismo. "La maestra nos pidió que nos tomáramos de la mano y nos pusimos a rezar, mientras los demás comensales nos miraban extrañados", contó Pedro en su momento.
La catequista de los "Perseverantes" los sorprendió hablando sobre el tema y tuvieron que contar todo desde el principio.
Tolerante, paciente, la mujer se río también y les aseguró que no había de qué avergonzarse en expresar la fe en público.
-Sí maestra pero qué hay de esos fariseos que oran en público -señaló Pedro, siempre muy contestador.
Todos hablaron y terminaron tratando un punto muy delicado sobre la expresión de la fe en público y sobre el respeto a la Biblia. Nadie fue llevado a la hoguera y ventilaron un tema candente.
En casa hablamos largamento con Pedro sobre el asunto y tratamos de responderle preguntas esenciales sobre la fe. Por ahora todo bien, pero sabemos que las preguntas apenas están comenzando a surgir.
La formación en la fe requiere de los nuevos jóvenes requiere preparación sólida de los catequistas. Y vaya que es un desafío cada vez mayor, ante las complejidades de la vida moderna.
No obstante, a pesar de toda la relajación que fuera posible conceder hay que recordar la advertencia de Jesús: quienes se avergüencen de mí, yo me avergonzaré luego de ellos.

8 de diciembre de 2011

La sencillez de María


María San Felipe, el martes pasado en el Daniel Ayala. Fotografía de Luis Andrade, cortesía de María a Un poco de agua.

María San Felipe demostró una vez más lo que sabe hacer: entregarse con su canto al auditorio (que para ella no son sólo eso), hablar con transparencia, regalando retazos de su vida. En fin, dejando ser a la niña que es ella misma.
El martes 6 pasado, la cantautora nacida en el puerto de San Felipe, ofreció su concierto Secreto a voces, en el teatro Daniel Ayala, en el marco del Festival Anual de las Artes 2011.
Poco antes de las nueve de noche, ahí estábamos Pedro, Mariana y yo haciendo la fila para entrar al recinto. Esperábamos personas de las más diversas edades: gente mayor, de mediana edad, jóvenes y niños (dos o tres además de los míos).
Fue una experiencia gratificante ver a María salir del escenario con su flamante vestido rojo, moviéndose graciosamente a ese ritmo de sus músicos que no supe seguir pero que nos mantuvo bien atentos durante todo el concierto. "Se ve más bonita con su vestido rojo", me comentó en voz baja la niña de nueve años cuando María desapareció un momento sólo para volver con un vestido verde.
Tiene María un carisma personal que la distingue: su don de gentes. Habla a los espectadores como a quienes conoce y les habla como a amigos o como familia. 
Cuando cantó San Felipe querido, María recordó cariñosamente al autor de la letra, el presbítero Roberto Caamal, quien hizo la composición y la regaló al abuelo de la artista. "¡Quién iba a pensar que yo iba a cantarla en el futuro!", exclamó María, quizá sintiendo en su alma el abismo que hay entre aquello sucedido y lo que pudo no haber ocurrido.
Antes de cerrar la velada, María cantó acompañada de sus invitados especiales, primero con Gina Osorio y luego con Andrés Tinoco.
La audiencia estaba muy atenta a lo que hacía María. Varios la grababan cantando con el celular. Cuando anunció el fin del concierto una voz masculina, allá en el fondo, exclamó espontáneamente: "¡Nooo!". 
Salimos del teatro a las 10:30 de la noche y mientras caminábamos comentábamos los momentos del concierto. Los niños se burlaban mutuamente pues hubo un momento en que les ganó el sueño y dormitaron. "Yo me dormí cuando ella cantó Duerme y la oscuridad de la sala tuvo mucho que ver", bromeó la niña.
Fue una experiencia muy positiva para nosotros y estaremos pendientes para participar en otros eventos similares que se realizan en Mérida, aunque el que se lleven al cabo en días hábiles es un verdadero desafío para los dormilones que no deben faltar a clases al día siguiente.

22 de octubre de 2011

Muere el Caminante

Era casi la media noche cuando el Caminante murió desangrado, cocido a cuchilladas, y antes de cerrar los ojos agradeció que su vida se deslizara en silencio como si fuera un poco agua.
No le extrañó. En realidad, era como si lo esperara. La agonía era como "la buena noticia" que esperaba desde la mañana, cuando abrió los ojos lleno de energía y ganas de andar.
Unos minutos antes de que le llegara súbitamente la agonía, se había soñado conduciendo en un camino oscuro, poblado de fantasmas y procesiones religiosas bajo una lluvia incesante. Se había visto conduciendo un automóvil que derrapaba en los bordes del adoquín, los faros no respondían y los frenos titubeaban. Pero su mejor premonición fue la extraña felicidad y el ajetreo que lo ocupó durante el día, y le hizo escribir en el Twitter en el curso de la mañana: "Bien. Tomemos del día la esperanza que nos ofrece", y poco después: "Ni yo mismo me reconozco. Estoy ávido de existencia, como un recién nacido".
Por eso, mientras se desangraba tendido en el sofá, cual Agamenón tomado por sorpresa en el baño por Clitemnestra, sonreía mientras se le iba la vida. Sólo un pequeño dolor: oír la respiración suave de los dos niños y un bajo gimoteo contenido...
Poco importaba lo que haría al otro día. Si llevaría los niños al Catecismo, si iría después con ellos por un granizado que tanto les gusta; si al día siguiente llegaría a la misa matutina ("aburrida, larga y escuchada de pie porque en esa capilla no hay sillas todavía")....Poco importaba ahora que su respiración se negara a obedecerle.
"Las cosas vuelven a su sitio tarde o temprano", piensa. Y siente cómo sus manos se adormecen y en su carne el fuego de las heridas se van extinguiendo.
¡De cuántas formas puede morirse uno, Dios! Es admirable cómo le viene a uno lo suyo mientras duerme tranquilamente con sueños turbulentos y negros.

27 de julio de 2011

Peto: ¡salud!

En la sala de espera la señora de hipil y rebozo tirita de fiebre. Está acompañada de una jovencita que pide débilmente al médico de guardia que atienda a la paciente. Pero también en esta ocasión el pasante de médico está decidido a superar su puntaje en ese juego de celular que le gusta tanto, y apenas hace caso a las súplicas de la muchacha.
"¡Que espere!", se digna responder groseramente entre tip y tip. "La atenderé cuando yo quiera", dice.
"Se ve que le gusta mucho su celular", se atreve a señalarle la acompañante de la enferma. Pero todo fue inútil.

La señora de hipil y de rebozo siguió esperando mucho tiempo tiritando de fiebre y a su lado su joven acompañante, sentada a su lado, sin poder hacer nada sino rabiar de impotencia. Y como suele suceder el pasante de médico cumplió su palabra: la atendió como se le vino en gana.

La sala de espera del Hospital Comunitario de Peto, en donde se atiende a gente afiliada al Seguro Popular, de verdad cumple su función: ahí la gente puede esperar hasta casi morirse. Y que le pregunten a los afiliados (que ni siquiera se les puede llamar derechohabientes). Y esto que les cuento ni siquiera es el principio de los males que se vive en ese recinto.

"Creímos que las cosas serían distintas cuando llegara Raquel (González Cámara, la actual alcaldesa de Peto, emanada del PAN), pero todos nos sorprendimos cuando supimos que el doctor Ariel Alcocer sería el director" del Hospital Comunitario, se lamenta una joven madre. Ariel Alcocer, del PRI, fue el adversario de la alcaldesa en la contienda electoral del año pasado.

Cada vez que voy a Peto por algún motivo escucho aquí y allá anécdotas de la gente indignada y dolida de sus autoridades e instituciones. "Nosotras somos personas pobres y sólo tenemos esos servicios. Si escribes nuestros nombres nos perjudicarán los encargados", me advierte una joven señora, madre de dos niños pequeños. Y vaya que es verdad porque esta gente que se siente vulnerable es la verdaderamente cautiva, es la que termina votando por sus propios verdugos por la falta de recursos que las haga sentirse independientes.

El Seguro Popular es considerado como el "peor es nada" del sector salud de México y continuamente se presumen logros y se anuncian nuevos programas (próximamente la atención a enfermos de sida), pero en los lugares muy apartados como la villa Peto ¿quién inspecciona lo que se hace o se deja de hacer? ¿Quién hará caso a las quejas de las personas que son mal atendidas?

Pobre Peto, en donde el hombre de la comisaría baja desde la madrugada a buscar un desyerbo que le proporcione el pan del día a su numerosa familia y no encuentra, y en donde los lujosos automotores, algunos gigantescos, del año, casi no pueden transitar porque la estrechez de las calles se los impide.

20 de julio de 2011

La otra agenda

En algún momento de la vida uno necesita quietud. No la quietud externa que inmoviliza, sino la ecuanimidad espiritual que permite mirar el mundo con ojos nuevos.
Paz interior, paz exterior.
Mientras espero me entreguen el vehículo, que está en revisión, reflexiono sobre mí, sobre mis actos y mis relaciones. “Necesito hacer algo”, pienso continuamente y me afano proyectando.
Sin embargo, enseguida caigo en la cuenta de que no se trata de tener una agenda inédita, sino de retomar un itinerario interior que me centre y me afirme en mi originalidad, ese sitio misterioso de donde borbotea el yo.
Para serenarme musito: “Padre nuestro, que estás en los cielos…”, pero no logro terminar la oración de Jesús, dominado por mi aridez. Insisto y rememoro el saludo del Arcángel a María con el mismo resultado…."Otro día será", pienso. Un día quizá en que las cosas parezcan perdidas, esos días decisivos cuando la devoción explota con toda su fuerza y dramatismo.
Vuelvo a mí y acallo mis pensamientos que me embotan y taladran la cabeza bodega de ideas viejas y enfermizas.
Contengo las riendas de mi respiración e intento que marchen a paso de trote para llegar lejos. Es cuando aparece un individuo que se acerca por el camino polvoriento (en mi cabeza sigue la sequía).
Es el Peregrino ruso que anda de monasterio a monasterio buscando a un santo que le enseñe a orar. Su plegaria por ahora es simple y metódica, a “tiempo y a destiempo”, como manda el Apóstol.
Inhala al mismo tiempo que musita “Señor, Jesús”, y exhala diciendo “ten piedad de mí”. Diástole y sístole compungidos.
Con los años, mientras seguía buscando, el Peregrino comprendió que agradecer es más justo que pedir perdón. Y comenzó a orar de la siguiente manera: inhalaba diciendo “Señor, Jesús”, y exhalaba cerrando “gracias”, sucesivamente.
Cuando Agustín escribió “mi corazón estará inquieto hasta que no descanse en ti”, no se refería sin duda a la muerte, sino al momento en que el corazón embone con su otra parte que es la divinidad. Sólo entonces hallará paz.
Suenan las mangueras de aire, vibra el taladro y timbran los teléfonos, y yo inhalo y exhalo y agradezco el regalo de este día.